"Es muy improbable que todos estemos usando las células de combustible en nuestros vehículos en un plazo de, digamos, 10 años", advierte Frank DiSalvo, profesor de química y biología química y codirector del Instituto Cornell para las Células de Combustible, un equipo de investigadores de la Universidad de Cornell.
"La infraestructura energética en el mundo es tan inmensa que incluso
si hoy tuviéramos ya las células de combustible ideales, se tardaría
décadas en remodelar la infraestructura. La mayoría de las personas
que hoy investigan sobre las fuentes de energía alternativa esperan que
la labor tenga su impacto después del 2030 ó el 2040. El papel
de la investigación presente es poner sobre la mesa tantas opciones como
sea posible, de manera que podamos escoger las mejores".
En vez de quemar el combustible para mover pistones y transmitir este movimiento
a las ruedas, las células de combustible descomponen químicamente
el combustible, convirtiendo su energía directamente en electricidad.
Para hacer esto de manera rentable y eficiente, el equipo de la Universidad
de Cornell está tratando de desarrollar nuevos materiales para los catalizadores
y las membranas de las células, sus componentes principales.
Para encontrar un catalizador eficaz y barato, el equipo está probando
un gran número de combinaciones posibles de dos, tres o cuatro elementos
diferentes, de un modo muy parecido a cómo las compañías
farmacéuticas prueban miles de compuestos en busca de actividad biológica.
Y ya han obtenido resultados prometedores.
"Es importante aliarnos con la industria porque esto añade credibilidad,
en el sentido de que lo que hallemos no sea visto meramente como una curiosidad
de laboratorio. La mayoría de las compañías no cree realmente
en lo que ocurre dentro de un vaso de precipitados de un laboratorio académico;
ellos tienen que probarlo por sí mismos", explica Héctor
Abruña, profesor de química y biología química,
y también codirector del Instituto para las Células de Combustible.
Fuente: La Flecha, Agencias.